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Ventana al mundo del silente - Maldades de 3 pilluelos


En esta ocasión, compartiré una de mis grandes aventuras de la infancia y que además es parte del contenido literario del libro “Ventana al mundo del silente”, de mi autoría. Cada uno de los relatos contenidos en el libro, son experiencias que marcaron mi vida, la cual transcurrió con sus correspondientes altibajos, como la de cualquier otro, sin embargo, hubo situaciones donde la conducta mostrada por terceros, fue el reflejo de la ignorancia y ausencia de valores, algo que desafortunadamente permea hasta nuestros días.


El turismo, no está exento de encontrarse con situaciones parecidas. En un mundo de facetas, una de ellas es el aspecto comunicativo para con la Comunidad Silente a través de la Lengua de Señas; por ello, si queremos lograr la inclusión plena, precisamos adoptar un sentimiento de total empatía para con nuestros semejantes, sin importar la condición en que se encuentren, al fin y al cabo, son seres humanos con un potencial de virtudes dispuestos a sortear cualquier obstáculo en busca de su felicidad. ¡Disfruten su lectura!


Maldades de 3 pilluelos


Era inicio del cuarto grado, nuevo salón, mismos compañeros, otra maestra, pero como de costumbre, mismo lugar para sentarse: primera fila, aunque no está demás mencionar que algunas profesoras parecían cuestionar la razón del por qué necesitaba sentarme ahí, si de todas maneras no podía escuchar.


Pero se trataba de una recomendación que la terapeuta de rehabilitación había ordenado, para que yo pudiera captar el todo o en parte la clase.


Recuerdo aquel día, en que la maestra fue a la dirección, para atender unos asuntos que requerían su inmediata presencia y para mantenernos ocupados dejó unos ejercicios en la pizarra, para que lo resolviéramos en el cuaderno.


No pasó mucho tiempo cuando algunos niños comenzaron a levantarse y echar a correr. Para este instante el salón era un auténtico campo de batalla, en la que las bolitas de papel la hacían de proyectiles, no faltaba que uno y otro estuvieran usando gises, hasta pedazos de crayón y en lo que respecta a trincheras, nada mejor que los pupitres.


Tan amplio era salón de clase que hasta las niñas tenían bastante espacio para arrinconarse y dar rienda suelta al chisme.


Mientras aquello sucedía me puse de pie y me dirigí a la puerta con tal de tomar un poco de aire fresco, estirar los brazos y piernas, cuando de momento, un trío de aquellos correlones se acercó y preguntó:

- ¿Que llevas en la mano? -era mi Curveta que sostenía, en lo que trataba de cambiar la batería-.


No me alcanzó el tiempo para contestar, ya que, al sentirse alcanzado por sus rivales, mi compañero me usó de escudo con tal de protegerse y sin querer me golpeó el brazo bruscamente provocando que el audífono saliera disparado por los aires.


Aunque reaccioné rápidamente para evitar que la curveta se golpeara o dañara, terminó en el suelo. De inmediato me incliné a recogerla pero resultó demasiado tarde; uno de los chicuelos ya iba en dirección al aparato y no pude evitar que la pisoteara. La curveta estaba hecha trizas. La recogí pieza por pieza e intenté unirlas pero resultó en vano mi esfuerzo, entonces se adueñó de mí la desesperación y rompí en llanto.


Para entonces ya regresaba la maestra, me acerqué y relaté lo sucedido, pero fue inútil, porque en sus facciones no vi la intención de buscar solución alguna, simplemente se limitó a decir:

- ¡Cálmate!, deja de llorar, cuando venga tu mamá le explicaré el problema.


Pasé el resto de la clase callado y preocupado a la vez, todo a mí alrededor volvía a reducirse al absoluto silencio.


Al término de la clase, mamá logró entrar a recogerme, así como también las madres de aquel trío de pillos, a quienes la maestra pidió quedarse para hablar detenidamente junto con sus vástagos acerca del incidente.


Al quedar solos (las mamás y los involucrados) se les pidió relatasen lo sucedido a sus padres frente a la maestra, más grande fue mi sorpresa al ver que ninguno aceptó ser responsable de ello, obviamente sus mamás entraron en su defensa, alegando que sus hijos siempre dicen la verdad y por más que insistí casi a gritos que mentían, mantuvieron su postura.


Como contestación a aquella discusión, mamá mencionó a las señoras el costo que tiene dicho aparato y casi se les salieron los ojos de sólo escucharlo. De nuevo dijeron que no tenían que responder por algo que sus hijos no hicieron y aunque así fuera, no poseían esa cantidad de dinero para solventar su reparación o reposición.


Desgraciadamente nada se pudo hacer, así que por espacio de una larga temporada quedé sin curveta y por más que intentaron dialogar las señoras, con las maestras y la directora que apoyaban a mamá, no llegaron a un acuerdo satisfactorio. Así que me perjudicaron.

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