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Los cuatro elementos, nuestra propia vida



Soy una persona de gustos y placeres sencillos y prácticos, no soy propenso a las aglomeraciones o sitios donde imperan las tendencias de moda, generalmente busco lugares que me otorguen la dicha de equilibrar mis pensamientos y mis emociones.

Para los que gustamos de la introspección, el turismo rural tiene todo lo que se requiere. La naturaleza es certeza de continuo equilibrio y por ello cuando penetramos sus bosques y montañas nos damos cuenta que todo lo que siempre ha estado, sigue estando y así seguirá, todo en orden. Esto me hace sentir en paz.


Siento que un bonito recorrido por los senderos del campo es más provechoso cuando se realiza en silencio, concentrando mi atención en los detalles trascendentales que ocurren en cada paso, a cada momento, describiendo una analogía de la misma vida que experimentamos todos los días.


Mientras avanzo, escucho el crujir de las hojas y siento el golpeteo de mis pasos fuertes sobre la tierra obscura. Escalo y a cada metro que subo cambia la temperatura y percibo más humedad. El viento sopla y se agudizan los aromas. El Dios Azteca Ehécatl. (El viento) Legendario mensajero del antes, del después y del ahora, acaricia mis cabellos al tiempo que susurra suavemente la melodía del bosque, cantada por las aves e instrumentada por las ramas de los árboles. Sinfonía sin igual.


El campo siempre me recuerda su lección; que habla de perseverancia y resilicencia, características que la madre Natura refleja en nuestra humana existencia. Lo compruebo al notar que hay plantas y flores que fueron diseñadas para crecer en suelo fértil de tierra suave.

Enigmáticamente se les encuentra bien apeadas en la dura pared de roca milenaria que sin egoísmo alguno les entrega lo mejor que tiene para que sus raíces sobrevivan interactuando generosamente el mundo mineral y el mundo vegetal.


Lo anterior no debiera sorprender a nadie ya que la montaña es muy sabia y nos cuenta su historia mientras vemos o tocamos las líneas que contrastan una sobre otra. Son esas mismas lozas que los especialistas dicen que se forman cada 5 mil años aproximadamente. ¡Alguna vez conté doscientas líneas en una misma pared de roca!


Todas esas épocas me hacen pensar en las virtudes de la paciencia y de la templanza, también en la capacidad de adaptación. La montaña siempre sabedora que la única constante de la vida es el cambio. Aunque para algunos una simple roca podría parecer inútil, transformada en catedral es un templo centenario.


Durante los momentos en que el aliento ya no me da para más, me detengo en el camino y me siento sobre la hierba a descansar. Tomo con mi mano un puño de la húmeda tierra que me recuerda de dónde venimos y hacia dónde vamos.


Alguna vez otro senderista que parecía ser Chamán me dijo que existían árboles y árbolas (femenino) y que si quería comunicarme con ellos debería hacerlo con las hembras creadoras de la vida.


Busqué un pino con “vulva” entre las ramas tal como me lo dijo el mencionado caminante y al encontrar al más cercano le abracé por varios minutos para expresarle mi agradecimiento por ser y estar. De pronto; créanlo o no, mi corazón dio un vuelco al escuchar un rugido desde las entrañas del pino, un ruido que parecía el crujir de la madera al balancearse con el viento, sin embargo, ¡el árbol estaba inmóvil!


El ruido cesó un par de minutos después y no volvió a ocurrir de nuevo. He decidido pensar que los árboles, además de darnos oxígeno, frutos, sombra, madera y paz también se pueden comunicar con aquellos que realmente los aman. Porque el corazón es fuego que expresa amor y obtiene reciprocidad.


Ya vigorizado después del necesario descanso, me levanté a continuar, hacia la cima, hacia mi destino. Al llegar a la parte más alta del monte, la alegría fue indescriptible. Las águilas se podían percibir tan cerca en pleno vuelo, que su aleteo también podía ser escuchado. Sentí que me daban la bienvenida a su mundo de altura y de conquista. Desde las alturas , todo se percibe diferente, todo tiene otra perspectiva.


El fresco aire de la montaña me entregó una sensación de paz interior y de libertad, me sorprendí con un solo gesto inamovible de mi rostro, atrapado en algo que pareciera una eterna sonrisa.


Ya en el descenso, una leve llovizna frenó mi paso, alteró un poquito mis nervios pero sobre todo, refrescó mi alma. La vida fluye desde y a través de las aguas que simbolizan la matriz de la creación, también nuestras emociones.


Bajando con cuidado para no caer, llegué finalmente al principio, en donde mi viaje comenzó y a dónde sin duda volveré, igual que todo en nuestra vida.


Terminó mi travesía y llegó el periodo de aprendizaje y reflexión; no dejo de pensar en lo incluyente que es la naturaleza que entrega desinteresada lo mejor de sí para todos sin excepción.


No obstante, el turismo rural presenta múltiples barreras para las personas con discapacidad motriz, o discapacidad visual. Si no hay accesibilidad, un importante segmento de la población difícilmente podría llegar a esos lugares para disfrutar y recibir lo que por justicia divina nos corresponde a todos.


Si los que tenemos injerencia en el turismo rural lográramos ser empáticos con la Inclusión, sería mucho más fácil eliminar las barreras existentes en el turismo rural. Existen monociclos todo terreno para llevar hasta la cima de las montañas a las personas que lo necesitan, hay técnicas efectivas para guiar a las personas que lo necesiten. En fin, lo único que no debería haber son pretextos para que todos los operadores turísticos ofrecieran servicios turísticos rurales de inclusión.


No es tanto un asunto de inversión financiera sino de voluntad, empatía y justicia. Si la madre Natura nos grita en cada detalle que todos somos unidad, la inclusión nos suplica que para poder ser unidad, antes debe haber equidad.


Por: Gerardo Muñoz Sánchez

Fundador de Factor Tres Accesibilidad.


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