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¿De quién hablamos, cuando hablamos de “discapacidad”?



Según la estadística del INEGI (2010), considerando a las personas que indirectamente viven la discapacidad, pudiéramos hablar de aproximadamente 20 millones de mexicanos a quienes les significa este tema.


Tomando en cuenta las barreras a las que se enfrentan diariamente (muchas de ellas invisibles… intangibles) pudiéramos también dimensionar a la población que de manera indirecta le “significa” la discapacidad y me refiero a su entorno familiar.


En Discapacidad, enfrentar juntos el reto encuentro un ejemplo ad hoc:


“Los padres de chicos con discapacidad también son vulnerables a la depresión. Ellos quisieran que sus hijos tuvieran las mismas experiencias que todos los jóvenes de su edad. La pérdida que sienten es enorme, dolorosa y triste. No importa qué tanto haya aceptado un padre la discapacidad de su hijo, siempre hay momentos en los que la realidad de sus limitaciones lo golpea de nuevo.” (Ehrlich 118)


En este aspecto, cabe citar la visión que Jesús Amílcar Sosa Chí expone con respecto a su experiencia como persona sorda:


“La vergüenza es otra problemática que invade a los padres, la cual a menudo se vuelve perjudicial para el niño, si no se tiene una actitud abierta y positiva, en cuanto a conocer alternativas que mejoren su condición educativa (…) así que, después de la rehabilitación, hay un largo camino por recorrer: ayudar al niño sordo en su integración profesional y laboral futura. Un proceso en el que la participación es la clave que se exige de todos…” (Sosa Chí)


Por lo anterior, visualizando a los millones de mexicanos que sienten, palpan, sufren y viven la discapacidad, el ignorar la trascendencia de los términos utilizados para dirigirnos a ellos, sería reducir al mínimo una poderosa fortaleza de la sociedad, en los procesos de inclusión que esta población merece.


La propia Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad plantea en sus postulados la urgencia de que la sociedad –sin discapacidad- se sensibilice y actúe. No podemos dejar todo en manos de las personas con discapacidad, pues ellas tienen el gran reto de su lucha constante para superar sus limitaciones y participar en comunidad. A la población sin discapacidad corresponde un cambio cultural, partiendo de una modificación en el lenguaje, para llegar a la evolución del significado de la discapacidad… de los mal llamados “grupos vulnerables”.


Ayudaría conocer casos de sociedades como las de Inglaterra, Japón o Nueva Zelanda, en donde la accesibilidad y la inclusión es tal, que las personas con discapacidad no configuran un grupo “vulnerable”, pues las condiciones de infraestructura urbana, acceso a la salud, educación e interacción social no están condicionadas como una barrera a la inclusión de estas personas a la vida en sociedad, a las oportunidades de desarrollo… al contrario, son sociedades que han asumido la responsabilidad de asegurar que cualquiera de sus ciudadanos tenga ejercicio pleno de sus derechos, ergo, de sus obligaciones, en la medida de sus posibilidades.


Por lo anterior es innegable reconocer que el lenguaje tiene poder, allende los fines académicos, el lenguaje trastoca todas las áreas del ejercicio humano. No hablamos de conceptos inertes, sino de conceptos que reflejan el nivel de avance de una comunidad en sus procesos de inclusión, de reconocimiento de los derechos de una parte de su población y, en resumen, de su perspectiva de futuro.


1) Ehrlich, Marc. Discapacidad, enfrentar juntos el reto. Trillas, 2002.

2) Sosa Chí, Jesús Amílcar. Ventana al mundo del silente, Armonizando el enigmático mundo del silencio. Mérida, Yucatán: Instituto de Cultura de Yucatán, 2010.

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